domingo, 2 de febrero de 2014

El funeral

En la última entrada LostWords nos regalaba 7´6 minutos de vida. 
Y si la vida me parece curiosa, más me lo parece la muerte.


Acabo de enterarme de que Samir murió el fin de semana pasado. Yo ya tampoco lo conocía, llevaba años sin saber de él, y la última vez que nos cruzamos por la calle creo que ni siquiera me saludó. Y aún así, despertaba en mí cierto cariño, creo que le caía bien, quizá porque era de las pocas personas en esa clase de primaria que le hablaba sin desprecio. Él no era bueno con la gente, pero los demás tampoco le trataban bien. 


Por eso me he sobrecogido cuando he visto en mi muro de Facebook una foto suya, junto a otros dos chicos que no conozco, y he leído mensaje que la encabezaba: "Por siempre os llevaré en mi corazón, hermanos". 

Automáticamente le he hablado a otro compañero del colegio, que probablemente sabría más cosas que yo acerca del asunto, y me ha confirmado la noticia. "Cosas que pasan", ha dicho. No he querido preguntar más, pero fallecer no es ese tipo de cosas que pasan cuando tienes 23 años. Me he imaginado muchos escenarios, y no sé si quiero saber cuál es el verdadero.


Las personas no suelen estar preparadas para la muerte. Es algo que sabes que va a ocurrir, pero si llega de forma inesperada no sabes cómo reaccionar. Y entonces haces cosas absurdas, como llenar el perfil de Facebook de esa persona con mensajes de "Descansa en Paz" y "Te queremos". 

Hace unas semanas, en clase de Antropología Física, estudiamos cómo las diferentes culturas a lo largo de la historia han ido reaccionado ante la muerte; cultos, momificaciones, antropofagia (sí, hay evidencias de que en algunas tribus se comían el cuerpo del fallecido, sobre todo si era la persona más vieja y sabia, ya que así adquirían sus conocimientos),  hogueras o entierros. Y ahora, en el siglo XXI, muerte 2.0, las redes sociales al alcance de todos para recordar lo buena persona que era, que siempre se van los mejores y que nunca lo olvidarás.

Curiosa, curiosa la forma en la que evolucionamos. El día que muera, quiero ir un paso más allá. O quizá un paso más atrás, unirme a las culturas orientales y celebrar la muerte. Y que mi funeral sea lo menos triste posible, una reunión en la que la gente me recuerde por las cosas buenas, pero también haga bromas con las malas. 

Será en un espacio grande, con césped, globos de helio para jugar con ellos a poner voz de pitufo y música de fondo. No quiero flores, pero si alguien se empeña demasiado en traer una corona, quiero que luego esas flores se repartan entre los asistentes y cada uno se lleve una a casa. Incluso pensé en grabar un vídeo de despedida y ponerlo ese día para "hablar" con todos, pero primero tengo que avisar a la gente, muy pocos lo entenderían. 


Habrá canapés, refrescos y alcohol.  Que si duelen los recuerdos, se los cura con ginebra. Y no me importa si alguien quiere leer unas palabras sobre mí, -para vosotros-, que eso es muy americano y me gusta, tanto como me gustó escuchar a mi tío hablar de mi abuela aquella mañana en el cementerio.

Y es que los funerales son para los vivos. Los que más te quieren se sienten reconfortados de ver que los demás también te querían, que algo debiste hacer bien si tanta gente está acompañándote, reconfortados al descubrir que al final, vivir, ha merecido la pena. 


2 comentarios:

  1. Yo llevaré sandwich de nocilla Silvia :) Y galletillas con canela que se que tu las hubieras disfrutado!! Yo también quiero fiesta en realidad ese día, te entiendo perfectamente.

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  2. Si hay galletas de canela, creo que resucitaré para probarlas =p

    Bueno, llegado el momento planearemos estas cosas, quizá hasta sería un buen negocio montar una empresa de funerales mágicos... o algo así.

    Una amiga mía tb compartía la idea, tenía hasta el nombre: "Los Angeles de la Muerte". Irían vestidos de negro, como el señor del frac, y llamarían puerta por puerta a las personas a las que querríamos invitar a nuestro funeral. Cruel y necesario.

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